jueves, 29 de enero de 2015

Litos

                                                   Litos
                                         A.V. Senderovich

Pocas veces en mi vida que he podido ir al Acapulco. Sentir la arena y la brisa, contemplar el mar con diferentes tonos azules, escuchar las olas produciendo espuma blanca y ese tremendo calor que como chilanga apenas puedo soportar, los recuerdos se disparan entre luces y flashes que vienen de inmediato.

He ido tres veces a Acapulco con mis papas, pero he estado en otras dos gracias a él, otras veces en Mazatlán y otra en Baja California sur, he podido zarpar un barco donde al bajar caminaba graciosamente de un lado a otro, aquel viaje en barco me hizo ver ballenas y delfines (de entre mis animales favoritos) pero en general el mar, ya sea medio verdoso, azul intenso, casi transparente mostrando sus arenas o piedras, no importa cuál sea, si el del golfo o el del pacífico, pase lo que pase, no puedo evitar no acordarme de él.

Un hombre sabio y su antigua vida de marino, creo que lo que más le gustaba y en donde se veía cómodo era donde hubiese arena y mar (ahora que soy adulto y me doy cuenta de las cosas de alrededor en estos recuerdos) también no le podía faltar su cerveza o su tequila.

En verdad lo extraño mucho; sus chistes y bromas, con su ropa acapulqueña, sus canciones de tríos, sus huaraches… creo que cuando él se fue, decidió unirse al mar, porque cada que miro el mar, lo miro a él. Mi querido abuelito Litos, en paz descanse.

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